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13 entradas en el blog Días de Radio: el juego narrativo
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Bitácora del autor IV. Fin.

¡Apreciados mecenas!

Hoy concluimos la Bitácora que ha escrito Alejandro.
A falta de muy pocos días para finalizar la campaña queríamos que no quedara en el aire sus interesantes reflexiones.
Os dejamos, una vez más, con Alejandro.

Bitácora del Autor - Entrada 4
Inmarcesible

El juego está en la calle. Gracias a la magia de la radio nos saltamos bastante más de un año -fue lo que insumió el largo proceso de producción, incluyendo arte, diseño gráfico, los primeros contactos con la editorial Bisonte, la negociación del contrato, el trabajo en conjunto para determinar tirada, materiales, caja, inserto, distribución, y las muchas dificultades que aparecieron en el camino-. Pero como se habrán dado cuenta, me gusta escribir y tengo una tendencia al cuento largo, a extenderme en detalles y encontrar conexiones filosóficas en todo. Así que meterme con ese lapso de tiempo tendría consecuencias impredecibles para la presente bitácora. Mejor entonces este cambio de ritmo.

Poco después de firmar el contrato que marcaba la realidad de la edición, con mi compañera de vida pudimos cumplir nuestro proyecto de dejar la ciudad y mudarnos a un sitio mucho más tranquilo, donde el contacto con la naturaleza fuera constante e incluso inevitable. Lo que restaba del proceso tuve que aprender a manejarlo a la distancia, y cuando Días de Radio por fin comenzó a venderse, yo aún no lo había visto ni tenido en las manos. La sensación de extrañeza, lejos de mermar, se amplificó cuando ese tenerlo en las manos, sentirlo como una presencia concreta, pasó de potencia a acto. Saqué una foto del juego en la arena de la playa con el mar de fondo. Poco después, hice uno de mis escasos viajes a Buenos Aires -luego de tantos años de vivir allí la evito lo más que puedo- para presentarlo formalmente.

La experiencia de mostrar el propio diseño en convenciones es bastante surreal. Tengo la buena fortuna de dedicarme a actividades que las personas ven de manera positiva por defecto. Los artistas pueden sufrir el estigma de no ser parte productiva del sistema, pero a la vez y quizás por eso mismo -hay algo irresistiblemente romántico en entregarse a una actividad que no promete sustento, entregarse por una necesidad que no se puede acallar- en términos generales gozan de una buena predisposición en el contacto con la alteridad. Claro está que son pinceladas anchas y acaso un poco idealistas, en el vasto campo del arte hay tantos enfoques como individuos y lo mismo se puede decir del público. Pero a lo largo de los años, lo más común frente a la respuesta de ¿a qué te dedicás? es una sonrisa afectuosa, un acercamiento. Crear juegos es invertir energía mental, física y emocional para que otros puedan pasar un buen momento, se sientan estimulados, viajen a realidades alternativas, compartan con sus amigos y familiares o establezcan lazos nuevos. Los libros -de prosa o de poesía-, la pintura, el teatro, la radio, vienen imbuidos de una mística similar, cada uno con sus características intrínsecas. Pero, ¿qué pasa con la provocación, la disrupción, la subversión de lo establecido y aparentemente escrito en piedra? No sé cómo será en otras partes del mundo, pero aquí en Argentina no se espera que un juego, a diferencia de las otras disciplinas que nombré, se proponga y sea capaz de hacer eso.

No fue premeditado, aunque en retrospectiva tampoco podría haber ocurrido de otra manera. Tanto Días de Radio como mi segundo juego, Los Viajes del Capitán Foucault, desafían y subvierten, cada uno a su manera. Y esto lo pude notar de manera personal e inmediata en las convenciones a las que llevaba el juego. Las personas se sentían atraídas a la mesa, pero algunas de ellas se sentaban a jugar anteponiendo un caveat bastante curioso. Mirá que no tengo imaginación -como si eso fuera humanamente posible, un individuo sin imaginación- o su variante menos intensa soy malísimo/a en esto, no sé contar historias. Y lo normal sería preguntarles -sin ningún subtexto terapéutico y con cierta irritabilidad-, ¿y entonces para qué te sentás a jugar? Por suerte siempre tuve una poderosa aversión a lo normal, y casi utilizando un enfoque psicoanalítico, creo que si se acercan a algo para lo cual son malísimos o no tienen imaginación, acaso vienen en búsqueda. ¿De confirmar ese prejuicio sobre ellos mismos, de refutarlo, o movidos por un impulso inconsciente que no logran explicarse del todo pero tampoco reprimir de manera efectiva? Quién sabe. Lo importante es que, a pesar de la sentencia interna, se atrevían. Los resultados eran muy variados pero siempre positivos. Las más de las veces terminaban sorprendiéndose de su propia creatividad. Como mínimo pasaban un buen momento en compañía de otros: me cuidaba de que su primer turno les llegara con la historia armada, y que nadie en la mesa los juzgara. Atravesaban el infierno tan temido y del otro lado no emergían rotos, sino quizás fortalecidos.

No había nada que temer, en definitiva. Había creado un juego allí donde antes no había nada, y luego ese juego había logrado, entre muchas de sus potencialidades, que algunas personas derribaran prejuicios sobre ellos mismos, se pudieran ver en una luz más amable, adquirieran confianza. Esa sensación es maravillosa. Y claro que cuando uno subvierte, desafía y desarma puede encontrarse con la sombra, el otro costado de esa experiencia maravillosa. Más allá de que siempre hay personas a las que el juego no les agrada de manera legítima, por su paladar y sus intereses -como en cualquier obra- también uno puede toparse con la resistencia a esa disrupción, la fuerza del statu quo hecho carne en el sujeto, que es hablado por la cultura y las expectativas. O también puede encontrarse con la resistencia de la propia desvalorización. Es curioso, pero los seres humanos a veces nos aferramos a las nociones acerca de nosotros mismos que nos hacen sentir mal o nos limitan. Para el diseñador que busque correr límites esto es parte del camino y tiene que hacer su mejor esfuerzo por aceptarlo. Pero también abre una pregunta interesante.

¿Por qué diseñamos? ¿Por qué jugamos? Estos interrogantes no tienen respuesta unívoca y sin embargo no se plantean con bastante frecuencia ni se les exige demasiada profundidad. Tratar de responderlos para uno mismo ayuda a la hora de crear. Marca un horizonte hacia el cual cada autor -desde sus principios e intereses- apunta. La brújula. Sin ella, navegamos a la deriva. Nunca arribaremos a ese norte, es una frase preciosa que no inventé pero cae justo: con cada paso que damos en esa dirección, el horizonte se corre un paso más. Es el acto de navegar el que da sentido.

Y supongo que esa frase es un lugar perfecto en el cual cerrar la presente bitácora, pero bueno, no soy muy amigo de las estructuras. Prefiero dejar las cosas en un lugar más personal, más propio. Días de Radio ha sido y sigue siendo un fenómeno de enorme belleza en mi vida. Gracias a él he conocido a muchas personas, me han hecho notas en periódicos, hasta se han organizado partidas en vivo para auditorios, y me han invitado a hablar por radio. En la inmediatez del aire, como en la presente bitácora, aproveché para salirme del curso fijado y aventurarme a sugerir que quizás un juego de mesa se conecta con muchas otras cosas, quizás puede llevarnos a una profundidad simbólica que derriba los conceptos y prejuicios que en gran medida subsisten fuera de nuestro ambiente, y lamentablemente dentro de él también. Pero al mismo tiempo lo mejor de todo es la respuesta inesperada de las personas individuales que me mandan mensajes, se sacan fotos jugando, me cuentan de las historias que narraron o directamente me las envían en audio. Me sigue asombrando, por suerte, cuando alguien rompe el silencio y la distancia para agradecerme o felicitarme. Y ahora, lo cual es aún más sorprendente e impensable, Días de Radio se embarca en un viaje a través del océano para llegar a una tierra donde jamás estuve con el cuerpo. A trece mil kilómetros de distancia, si ustedes lo desean y nos dan una mano, una multitud de historias nacerán y se grabarán en la memoria de personas que se encuentran muy lejos de mí en términos geográficos, pero que estarán muy cerca en lo emocional y lo simbólico. Esto, sencillamente, me parece una locura. Una hermosa locura.

Alejandro Maio Sasso

3 comentarios en esta entrada
  • imaestro
    imaestro
    25 días

    Maravilloso texto! Un lujo poder leer estas bitácoras. Gracias!

  • Alicia Promio
    Alicia Promio
    25 días

    Los grandes viajes nunca tienen fin... Os felicito por haber conseguido hacer realidad un sueño...

  • Mont Tàber Edicions
    Mont Tàber Edicions [author]
    25 días

    ¡Muchas gracias!

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