2015 — VERKAMI: 5 años haciendo historia del crowdfunding
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¡Adelanto por el Día del Libro!

CAPÍTULO 1

Era el quinto vaso de aquel mejunje y Monker no dejaba de hablar. Cualquier ser humano hacía mucho que se habría desplomado sobre la mesa de plástico, derramando la copa y esparciendo su contenido. Su voz, aquejada de ronquera crónica, se elevaba y descendía frente a la algarabía que servía de telón de fondo como la marea frente a la costa. No importaba que dos mesas más allá un grupo de parroquianos jaleara a voz en grito a dos tipos enfrascados en un pulso, ni que la máquina orquestal de la esquina acuchillara con su voz electrónica la melodía de siempre. Ella no se inmutaba.

—Y te digo más, niña —decía la anciana minera—. Una miserable cuota de créditos de trabajo no da para nada. Mira a tu alrededor. Vamos, mira.

Parloteaba sobre las injusticias de la vida —de la suya— mientras, desde el techo, la luz de los fluorescentes que aún funcionaban intentaba hacerse un hueco en la atmósfera cargada. El aire era una sopa casi sólida hecha de humo de tabaco aderezado con el olor a trabajo en la mina, esa nota acre del sudor seco sobre la piel, de ropa rancia sin lavar por ser una hazaña inútil.

—Llevo treinta jodidos años aquí, encadenada a este roca alejada de todo y de todos. Y, ¿acaso crees que podré salir alguna vez? No, ya te lo digo yo.

Ella misma se contestaba las preguntas, interrumpiéndose sólo para meterse otro latigazo entre pecho y espalda. Llevaba con aquel soliloquio dos horas. Y fijo que hay tema para otra puta hora más, tía. Ya la conoces. Mara había aterrizado en Garre-2 el día anterior y en su cronómetro ya rezaban las 0137Exp.03.13.1500 —horario federal estandarizado—. ¿Cuántas horas llevas sin dormir, tía?

—Lo mejor de todo —continuaba la vieja— es que nunca imaginé que acabaría aquí. ¿Sabes cuántos años tengo? Cumpliré sesenta y tres antes de que finalice el mes. ¡La de cosas que he visto, niña! Ni te lo imaginas.

Mara, tía, tienes cara de ser las cuatro de la mañana de un viernes de juerga y no las tres de la tarde de un jodido domingo. No importa, Mara, no importa. Aguanta, tía. Si quieres pescar tienes que mojarte el culo.

—Este jodido antro es el único refugio para la gente como yo —añadió Monker. ¿Te quejas o te alegras, vieja?—. Para los desfavorecidos explotados por la Compañía Federal. Puta mierda de asteroide...

La taberna no había cambiado desde la última vez que Mara estuvo allí. Parias, criminales, huidos, todos ellos rotos y desahuciados, duros, insensibles. Hombres y mujeres quebrados y después re-ensamblados a semejanza del establecimiento. Cada pared de color desvaído era una infancia, cada baldosa partida era una elección, cada fluorescente estropeado era un castigo. Todo el local era una vida. “El Satisfecho Jim”.

—Nadie sabe quién fue el tal Jim, y ya llevo lo mío aquí, ¿eh? —rió la anciana—. He oído de todo.

Sí, que se jugó el garito contra el actual tabernero en una carrera ilegal y perdió, por ejemplo. Pfff. Se decía que hasta las cucarachas iban armadas.

—Es el peor bar del sector, ja —Monker sacudió la cabeza. El cabello suelto no logró ondular de tan sucio que lo llevaba—. Vaya honor. Oye, trajiste tu desintegrador, ¿verdad?

Mara asintió. ¿Te acuerdas del colgado aquél, tía? ¿El que iba hasta las cejas de luzneutra? Tu primera vez aquí y a punto estuviste de pedir el Ponche Especial.

—Sí, niña. Sesenta y tres largos años han visto mis ojos, y de ellos, trece empuñando un rifle y embutida en una servoarmadura reglamentaria.

Vómitos. Eso dijo el puto yonqui. Hecho de vómitos. Putolocaljoder. Mal sitio para entrar si no eres un eructo social. Pero peor lo tuyo, tía, Mara, que tú además sacas cristal negro de tapadillo.

—Enchufada al traje, con un puto cable metido en el cerebro de por vida —se llevó la mano a la nuca en un gesto involuntario—. Sudé el culo como la que más, coño.

Y ahora estás aquí, puta vieja arrugada. Mara negó para sí misma. Tía, túalotuyo. La cabeza en el contrabando, la cabeza en el dinero, como decía el capitán Ramírez. No pudo evitar sonreír. Pero con perspectiva, que no quieres acabar como él, ¿verdadtía?

—Dando la piel y la vida por la maldita Confederación y la jodida Compañía Federal —renegó. Se llevó el vaso a los labios y apuró la última gota que quedaba.

Detención en flagrante delito. Juicio exprés. Ejecución sumarísima. Schiinng-chop. Fuera cabeza. Asíqueasienteysonríetía. Llevas cinco viajes. Seis con éste. Al sexto te retiras. Bueno, pon siete y a vivir la vida.

—Mira. Acércate —el tufo a sabía-Theos-qué se incrementó al obedecer Mara, haciendo como que le interesaba—. Este regalo lo recibí durante mi primer mes.

La anciana se remangó el brazo izquierdo y allí, entre arrugas y costras de barro, polvo y demás, el borde irregular de una cicatriz destacaba, blanquecino, como un neón en la noche. Cicatrización con cemento orgánico. Ajjj. Lo típico del frente, ¿no?

—¡Menuda tunda nos dieron aquellos rebeldes! —se carcajeó. Dientes marrones, fibras verdes en los huecos—. Una pipiolina de dieciocho añitos recién salida de la Academia allá en Marte, llena de pensamientos de gloria y patriotismo. ¡Señor-sí-señor! —se llevó los dedos a la sien en una parodia de saludo mientras sus ojos rodaban en sus cuencas—. ¡Mi vida por los Cuerpos de Infantería, señor! ¡Pfff!

El bufido salpicó parte de la mesa. Mara se apartó a tiempo. La retirada de la contrabandista fue aprovechada por Monker para hacerse con la jarra, intacta, que había delante de la joven.

—Perdimos a la mitad de la unidad en el primer asalto, todos tan verdes como yo misma. Cada vez que me acuerdo de los sesos de Mike esparcidos sobre el capó del 4x4... —había horror mezclado con fascinación en su rostro—. Fue algo sanguinario, te lo juro. Dos regimientos enteros vapuleados hasta que sólo quedamos el sargento Jones y yo. ¿Y todo por qué?

Un revuelo detrás de ella interrumpió la perorata. Dos borrachos habían estado discutiendo y habían llegado a las manos. El puño de uno contra la mandíbula del otro voló al ritmo de la machacona música. Dum-dum, pif-paf, auch. Las sillas de plástico volcaron y varios de los clientes formaron un corrillo alrededor de los contendientes. La anciana lanzó una carcajada cuando uno de los dos aterrizó de lleno sobre la mesa en la que se sentaban Mara y ella. Con una mano vertió el contenido de su jarra sobre la cabeza del caído mientras con la otra se la levantaba. El líquido corrió por la cara arrastrando chorretones de suciedad y sangre. Los ojos, rojos y con la mirada perdida, parpadeaban confusos intentando enfocar lo que tenía delante. ¡Theosquéputoasco! Al momento, unas manos igual de sucias que el piso agarraron al desgraciado desde atrás y le atrajeron al círculo formado por los embrutecidos compañeros de farras. Dos golpes más y la pelea terminó. Los sonrientes parroquianos volvieron a sus mesas, la canción siguió y el cuerpo del perdedor quedó tendido en el suelo. Y cuando se acabe lo que aquí pasa por ciclo diurno, el dueño lo sacará al callejón y lo dejará ahí tirado, entre la jodida basura. Pfff.

—¿Por dónde iba? —preguntó Monker—. ¡Ah, sí! Todo porque la todopoderosa y omnisciente Armada quería un señuelo estando tan cerca del puto Límite. ¡Un jodido señuelo! —escupió en el suelo con gesto de absoluto desprecio y sin siquiera percatarse de que el lugar del impacto había sido su propia bota vieja y gastada—. Ciento cincuenta créditos, una cicatriz e invitaciones a veintitantos funerales. Eso fue lo que saqué de aquella mierda de campaña.

La vieja negó con incomprensión y se llevó la jarra a la boca. Intentó beber, pero no había nada —suciedad reseca aparte—. Pestañeó, frunció el ceño y miró mal a los borrachos pendencieros. Mara la imitó. Mírales, joder. Pobresinsectos cansados de su putasuerte que seemborrachan, secolocan y seahostian entre ellos en vez de coger su vida por los cojones y hacer algo. Loqueseajoder. Mejor que desear que la noche termine con tu vida y te permita descansar del asco de tu existencia. Y si no lo hace, ja, al día siguiente pruebas de nuevo. ¿Y después? ¿Revalorizar los componentes elementales de tu mierda de cuerpo gracias a la sucursal local del Tanatorio Federal —servicio público gratuito, cortesía de la Oficina Federal de Asuntos Sociales— y su antorcha de plasma? Ni de coña, tía. Antes que vandalismo, contrabando. Mejor créditos que cuerpo apaleado.

—¿Qué te decía? —preguntó la vieja, su rostro vuelto hacia la joven.

—Me contabas la historia de tu cicatriz —respondió Mara, clavando los ojos oliváceos en el pergamino curtido a la intemperie que era el rostro de su interlocutora. Prácticamente era la primera frase que decía desde que entró. Era inútil malgastar saliva. La minera sabía lo que ella quería, siempre lo sabía.

—¡Ah, sí! —y volvió a concentrar su atención en la historia de su vida. Como cada vez—. La más vieja de mis compañeras. Cincuenta créditos me dieron por ella. ¿Crees que los ahorré? ¡Ja! Por supuesto que no. La primera noche de permiso me los fundí en un par de muchachos muy… simpáticos en Tau Ceti. Tú ya me entiendes —añadió, con una horrible mueca dibujada en su cara, mal remedo de una sonrisa lasciva. Vengatía. Ahora. No. Potes—. Lamentablemente ya no puedo permitirme ni eso —comentó, llevándose la jarra a los labios y mirándola consternada al comprobar, una vez más, que seguía estando vacía.

—¿Por? —preguntó Mara, aunque ya conocía la respuesta.

Hizo un gesto al dueño para que le sirviera otras dos de lo mismo. Puedes decir cualquier cosa del maldito tipo, tía, y fijo que es verdad nueve de cada diez veces, pero no se puede negar que atiende rápido.

— A esta invito yo, ¿eh, Monker? —*que te he invitado a todas, jodida hijadeputa.*

El traqueteo de la bandeja móvil, chirriante y audible pese a la confusión de sonidos, anunció la llegada de las bebidas. Se detuvo junto a la mesa a la espera de que le liberaran de su carga. Cuando las monedas de Mara tintinearon en la ranura, una muy estropeada grabación le dio las gracias y le deseó que la consumición fuera de su gusto. Mientras el vetusto artefacto se volvía hacia la barra, la minera agarró el asa de la jarra con ansia nada disimulada.

—Tú sí que sabes —graznó con satisfacción—. Siete años después... ¿o fueron ocho? Sé que por aquél entonces la Confederación entabló contacto diplomático con los alienígenas i’chia. ¡Contacto diplomático! —repitió, riéndose con ganas.

Más esputos de saliva marronácea salieron disparados en todas direcciones. Mara tuvo suerte, pues ninguno le acertó.

—¡Jajaja! Poco después perdimos la colonia de Achernar ante ellos, y Facet y el sector Galeano entero le siguieron a la zaga. Menudos bastardos estaban hechos esos cabrones. ¡Nos pillaron con los pantalones bajados, te lo aseguro! Pero no era eso lo que te quería contar. ¿O sí? —guiñó un ojo. Oh, no, puta vieja borracha, no me jodas que otra vez vas a bajarte los pantalones para enseñarme...

Las manos no fueron a por el cierre del mono de trabajo, sino que por suerte llevaron la jarra hasta la boca para que le diera dos largos tragos. La música continuaba, la misma u otra parecida a la de hacía unos minutos. Los gritos y las carcajadas competían contra el orquestal, de tal modo que Mara no se percató de que un joven demacrado y desgarbado, con un andar torpe e inseguro, se acercaba a ellas dos hasta que prácticamente le tuvieron encima. La contrabandista se llevó instintivamente la mano derecha a la cadera, allí donde descansaba su desintegrador. Reconoció al joven de otras veces y no desenfundó su pequeño Suuv-12. El tipo se inclinó hacia la anciana minera, susurrándole unas palabras al oído. Ésta asintió una vez, miró a Mara, despidió al informante, se hizo cargo de lo que le quedaba de bebida —de las dos— y procedió a levantarse, sonriendo. ¿Cómo coño has entendido nada, vieja, con el ruido que hay?

—Bueeeeno, niña... ¿qué, vamos a por lo tuyo? —preguntó entonces, recobrada milagrosamente la sobriedad—. Que no se diga que la abuela Monker no cumple con su parte de los negocios.

—Claro, vieja. Ya sabes lo que quiero.

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