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ADELANTO CAPÍTULO TRES

Os dejo un nuevo fragmento del libro para animaros. En este caso extraído del capítulo tres.

(...)

Tal y como podía suponerse, el teatro estaba lleno a rebosar de encopetados y engalanados hombres y mujeres procedentes de las familias más pudientes de Dragonera. Incluso pudimos ver, según me indicó Silvana, a dos de los Grandes Duques junto a los embajadores de Arcania, Arenisca, Abastos y Añeja; al último lo conocía bastante bien de días pasados. Asimismo, seguramente por cumplir con algún obligado protocolo, pudimos ver a una pequeña cuadrilla de elfos lujosamente perfumados que representaban al barrio élfico de la ciudad y que, con bastante desagrado, se veían obligados a juntarse con tan apretado gentío.
—Silvana, no esperaba veros por aquí —dijo entonces una voz profunda detrás de nosotros.
Cuando me di la vuelta pude ver a un hombre bastante entrado en años, de hombros anchos, mirada rigurosa y un rostro curtido y arrugado tras un encerado mostacho imperial. Vestía los ribetes y cenefas de los comandantes supremos de los ejércitos de Dragonera, y las condecoraciones del famoso Gremio de Espadachines.
—Liem —dijo Silvana con una reverencia que me pareció un poco exagerada—, permitidme presentaros a mi nuevo ayudante.
—Mi nombre es Dupriam Wenefenn —añadí yo, estrechando la firme tenaza de hierro de aquel veterano de guerra.
Me dirigió una mirada crítica que casi me hizo sentir insignificante y torció los labios antes de corresponder a mi saludo.
—Liem Hesteren —se presentó.
—¿Hesteren? Entonces sois su… —comencé a decir, sin saber muy bien como terminar la frase.
—Liem es mi hermano pequeño —confirmó Silvana. Sin duda, como su mirada cómplice indicaba, se había percatado del error que, dejándome llevar por la primera impresión, estaba a punto de cometer.
Aunque Liem Hesteren pareciese el padre de Silvana, no debía olvidar que ella era más longeva que los hombres. Y aquel equívoco, sin embargo, era justo lo que necesitaba para recordar que en la profesión de Silvana, que ahora también era la mía, había que fiarse más de la razón que de los sentidos.
—¿Seguís con vuestros juegos de intriga? —preguntó Liem con tono censor.
—Igual que vos continuáis con vuestros juegos de guerra —apuntó la semielfa, señalando todas las brillantes condecoraciones de su hermano—. Disfrutad del ballet.
Después, Silvana me cogió del brazo y casi me arrastró entre la multitud hasta uno de los abarrotados palcos, desde donde podríamos tener una buena vista del escenario.
—Vuestro hermano es un hombre importante —dije.
—Olvidaos de mi hermano; si tanto os interesa mi árbol genealógico, podemos hablarlo otro día. Ahora hemos de centrarnos en lo que nos interesa. De un momento a otro, en ese escenario, veremos a la mujer que allanó el templo de Ventaro.
Todos los murmullos enmudecieron de repente cuando comenzaron a sonar el órgano y el pianoforte, y una veintena de bailarines salieron al escenario girando y danzando con una coreografía impecable. Ejecutaron soberbios grand-plié y demi-plié, según mi escaso criterio y mi nulo conocimiento de danza, y dieron paso a la bailarina sobre la que iba a recaer todo el peso de la actuación. Hasta el momento, yo no hubiera dicho que ese espectáculo fuera tan picante como me habían comentado, pero cuando vi a la esbelta mujer de cabello rosa con sus arabesques, sus saltos y sus estiramientos, y todo ello con el provocativo tutú que parecía haber sido elegido de una talla menor y que no dejaba nada a la imaginación, pude entender la gran expectación que «La costa de las Mujeres Cisne» despertaba en el público masculino que había acudido a la función.

(...)

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