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El terror no siempre vive en lo desconocido… A veces está más cerca de lo que imaginas.
Soy Manuel Losada, escritor de misterio y terror, conocido como “El Stephen King de Arousa”, y hoy necesito tu ayuda para hacer realidad mi nuevo libro.
Una obra donde el miedo, la tensión y lo inexplicable vuelven a surgir desde Galicia para atraparte… y no soltarte.
📚 ¿QUÉ VAS A ENCONTRAR EN ESTE LIBRO?
Este nuevo trabajo reúne historias de:
🔪 Misterios inquietantes
🌑 Oscuridad psicológica
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👤 QUIÉN SOY
Soy Manuel Losada, escritor de misterio y terror, con varias novelas publicadas y una trayectoria consolidada dentro del género.
Conocido como “El Stephen King de Arousa”, mi estilo se caracteriza por explorar el lado más oscuro de la mente humana, lo desconocido y aquello que no tiene explicación.
Escribo porque necesito contar historias… y porque sé que hay lectores que necesitan sentirlas.
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Aquello empezó de una manera tan sutil que durante semanas intenté convencerme de que no era nada.
Estrés. Ansiedad. Falta de sueño. Cualquier explicación parecía más racional que aceptar la realidad que se estaba desplegando dentro de mi propia casa.
Siempre había tenido pesadillas normales. Las típicas: familiares en peligro, decisiones absurdas que terminaban mal, caídas interminables… sueños desagradables, sí, pero al fin y al cabo sueños.
Pero aquello era distinto.
Porque yo estaba despierto.
O al menos eso creía.
La primera vez que apareció fue en una madrugada de invierno.
La casa estaba silenciosa, un silencio tan denso que sentías cómo cada fibra de tu cuerpo vibraba con su propio latido.
Fuera, el viento golpeaba las ventanas, haciendo que la madera crujiera como si la casa misma se quejara.
Me despertó un sonido. Muy suave.
Tint…
Como el roce de una pequeña campanilla.
Al principio pensé que venía de la calle, quizá algún vecino nocturno o un objeto movido por el aire.
Me di la vuelta en la cama, dispuesto a ignorarlo.
Tint…
Otra vez. Más cerca. Más nítido.
Entonces algo en mi interior me hizo abrir los ojos.
La habitación estaba en penumbra, iluminada apenas por la luz naranja de una farola que entraba por la persiana.
Todo parecía normal.
Hasta que lo vi.
Al principio creí que era una sombra más oscura que el resto de la habitación.
Luego entendí que no.
Estaba de pie junto a la puerta.
Era alto. Muy alto.
Llevaba un hábito oscuro con capucha profunda que ocultaba completamente su rostro.
No se le veían manos. Ni se le veía piel.
Solo aquella tela cayendo hasta el suelo, como si absorbiera la luz a su alrededor.
Una sensación de vacío, de frío extremo, emanaba de esa figura, llenando la habitación.
Entonces volvió a sonar.
Tint…
La campanilla.
Cada sonido era un aviso, un pulso que aceleraba mi corazón y llenaba la habitación de una tensión imposible de describir.
No vi de dónde salía.
Solo sabía que cada tintineo lo acercaba un poco más a mí.
No caminaba.
Se deslizaba, flotando unos centímetros por encima del suelo, como si la gravedad misma lo obedeciera.
Cada movimiento era lento, deliberado y el aire alrededor parecía vibrar con su presencia.
Me incorporé de golpe en la cama.
El corazón me latía con tanta fuerza que sentía los golpes en la garganta y en los oídos.
Intenté gritar, pero ningún sonido salió de mi garganta.
Quería moverme, pero mis piernas no respondían.
Cada segundo parecía eterno, cada tintineo un martillo sobre mis nervios.
Entonces empezó a hablar.
Su voz era profunda, antinaturalmente grave.
No era un susurro ni un grito; era algo intermedio, como si resonara dentro de un pozo antiguo.
Las palabras eran imposibles de entender.
No era un lenguaje conocido, ni latín; era un idioma extraño, pesado, lleno de sonidos guturales que calaban en mis huesos y hacían que el aire se sintiera más denso, como si respirarlo doliera.
Mientras murmuraba, avanzaba lentamente hacia mi lado de la cama.
Tint…
Cada campanilla anunciaba otro paso flotante.
Mi cuerpo estaba paralizado, mi mente atrapada entre incredulidad y terror puro.
Esperé ver su cara.
Pero no había rostro.
Solo oscuridad en la capucha.
Entonces… desapareció.
Como si nunca hubiera estado allí.
No dormí el resto de la noche.
Mis ojos permanecieron abiertos, fijos en la puerta, temiendo que volviera.
Cada sombra me parecía un movimiento, cada crujido de la madera un presagio.
Cuando amaneció, todavía sentía el frío en la piel y la vibración de su voz resonando en mis huesos.
Pensé que aquello sería algo puntual.
No lo fue.
Las visitas continuaron durante semanas.
Cada noche tenía algo nuevo, algo que empujaba mi miedo un poco más allá, como si los límites de la realidad y el sueño se desdibujaran.
El segundo visitante fue, si cabe, más perturbador.
Porque logró que me levantara de la cama.
Todo empezó con un susurro junto a mi oído:
—Papá…
La voz era infantil, delicada, temblorosa.
Abrí los ojos medio dormido.
—Tengo miedo…
Era mi hija.
Tiene cinco años y a veces se despierta por la noche.
No pensé nada raro.
Sentí su aliento cerca de mi oreja.
—Quiero el biberón…
Me incorporé medio somnoliento.
—Vale, cariño… ahora voy.
No encendí la luz.
Conozco mi habitación de memoria.
Caminé hacia la puerta con los ojos entrecerrados.
Pero entonces noté algo que no podía explicarme: la puerta estaba cerrada.
Nunca hacemos eso.
Abrí.
El pasillo estaba completamente oscuro.
Algo me estremeció: la luz de emergencia que siempre dejamos encendida estaba apagada, como si alguien hubiera absorbido incluso esa claridad mínima.
Cada sombra parecía moverse a su manera, siguiendo un patrón que no podía descifrar.
La temperatura descendió y sentí un frío que no era del aire.
Entonces la vi.
Al fondo del pasillo.
La silueta pequeña de una niña.
Frente a la puerta de su habitación.
Se me quedó mirando.
No podía distinguir su rostro, pero la forma, los movimientos… juraría que era ella.
Mi instinto me decía que no me acercara, pero cada fibra de mi cuerpo la reconocía.
Di un paso hacia adelante.
La pequeña giró y se internó en su cuarto.
Caminé diez pasos, confundido y molesto.
—Oye… ¿por qué has arrimado la puerta?
Cuando llegué, la puerta estaba cerrada.
Imposible que lo hubiera hecho ella.
La abrí despacio.
Y allí estaba mi hija.
Tumbada.
Profundamente dormida.
Abrazada a su muñeca favorita.
Su respiración tranquila, regular.
El biberón en la mesilla, vacío.
La llamé en voz baja.
No me contestó.
La arropé.
Entonces sentí un escalofrío recorrerme la columna vertebral hasta las piernas.
Un instinto irracional me hizo mirar alrededor: debajo de la cama, el armario, las esquinas.
No había nadie.
Silencio absoluto.
Salí del cuarto caminando hacia atrás, sin darle la espalda.
Dejé la puerta abierta.
Cuando giré hacia el pasillo…
Casi se me para el corazón.
Una sombra pequeña cruzó corriendo hacia la izquierda, hacia la salida.
Escuché pasos ligeros, rápidos.
Corrí.
No vi nada.
Silencio absoluto.
La puerta seguía cerrada.
Y yo estaba completamente despierto.
La tercera presencia no se veía.
Solo se oía.
Una mujer llorando.
Primero pensé que era mi mujer teniendo una pesadilla.
Me giré para tranquilizarla.
Estaba profundamente dormida.
El llanto continuó.
Contenido, doloroso, casi desesperado, como si alguien tratara de no hacer ruido para que yo no lo escuchara.
Venía de algún punto de la habitación.
O del pasillo.
No podía localizarlo.
La casa entera parecía contener la respiración.
Miré por la ventana.
Imposible que viniera de la calle.
Tenemos doble ventana.
Desperté a mi mujer.
Se molestó mucho.
—¿Qué pasa?
—¿No escuchas eso?
El llanto se alejaba, como si estuviera siguiendo un camino invisible por la casa.
Aquello se repitió durante varias noches.
Siempre distinto, siempre igual.
Durante un tiempo intenté encontrarle una explicación a todo aquello.
Revisé cada rincón de la casa.
Cerraduras. Ventanas. Pasillos.
Con el paso de los días, las noches volvieron a ser tranquilas.
Demasiado amables.
Las campanillas dejaron de sonar.
Aquella voz grave desapareció.
La niña del pasillo no volvió a mostrarse.
Y el llanto… simplemente dejó de oírse.
Al principio aquello me calmó.
Luego empecé a preguntarme algo que me incomodaba mucho más:
si realmente se habían ido…
o si simplemente habían dejado de manifestarse.
La casa parecía la misma.
Los mismos muebles.
Mismas paredes.
Idénticos silencios nocturnos.
Pero algo había cambiado.
No sabría explicar qué.
A veces, al cruzar el pasillo de madrugada, tengo la sensación de que alguien acaba de apartarse de la esquina justo antes de que llegue.
Otras veces me despierto con la extraña impresión de que alguien ha estado de pie junto a la cama durante un buen rato.
Observando.
Nunca veo nada cuando abro los ojos.
Solo oscuridad.
Silencio.
Y la casa respirando despacio.
Desde entonces hay algo nuevo en la entrada.
Una pequeña mesa.
Sobre ella hay una vela negra.
Nunca la enciendo por la noche.
Solo durante el día, cuando la luz del sol entra por las ventanas y llena la casa.
No sabría decir exactamente por qué.
Pero tengo la sensación de que, si alguna vez la encendiera cuando cae la oscuridad…
Aquello empezó de una manera tan sutil que durante semanas intenté convencerme de que no era nada.
Estrés. Ansiedad. Falta de sueño. Cualquier explicación parecía más racional que aceptar la realidad que se estaba desplegando dentro de mi propia casa.
Siempre había tenido pesadillas normales. Las típicas: familiares en peligro, decisiones absurdas que terminaban mal, caídas interminables… sueños desagradables, sí, pero al fin y al cabo sueños.
Pero aquello era distinto.
Porque yo estaba despierto.
O al menos eso creía.
La primera vez que apareció fue en una madrugada de invierno.
La casa estaba silenciosa, un silencio tan denso que sentías cómo cada fibra de tu cuerpo vibraba con su propio latido.
Fuera, el viento golpeaba las ventanas, haciendo que la madera crujiera como si la casa misma se quejara.
Me despertó un sonido. Muy suave.
Tint…
Como el roce de una pequeña campanilla.
Al principio pensé que venía de la calle, quizá algún vecino nocturno o un
La llamada entró a las 2:57, cuando la conversación en antena había derivado hacia carreteras secundarias poco iluminadas. La madrugada parecía ya encaminada hacia su tramo final. En el plató de la Radio Galega, Pepe Capelán mantenía el tono templado que le había convertido en una voz reconocible para quienes trabajaban de noche o no conseguían dormir.
Aceptó la llamada sin pensarlo demasiado.
—Buenas noches, estás en directo.
Durante varios segundos no hubo respuesta verbal. Solo se escuchó una respiración baja, irregular, como si el teléfono estuviera demasiado cerca de la boca de quien llamaba.
El locutor no se apresuró.
—Te escuchamos. Tranquilo. ¿Con quién hablamos?
La respiración continuó. Un leve roce, quizá ropa, tal vez el viento.
—Hola.
La palabra fue breve, seca, sin emoción.
—Buenas noches. Gracias por llamar. ¿Desde dónde nos llamas?
El silencio volvió a instalarse, esta vez más largo. Miró de reojo el monitor de retorno. En televisión, el
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3 comentarios
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Marcos
Qué ganas de tenerlo en mano ya!!!! 👏🏻👏🏻👏🏻
Manuel Losada
Autor/a
Buenas tardes, Francisco. En actualizaciones puedes leer uno de los relatos que formarán parte de este proyecto.
FranSan
El enlace del adelanto exclusivo no funciona.