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El Stephen King de Arousa: nuevo libro de terror de Manuel Losada

Terror, misterio y oscuridad desde Galicia. Ayúdame a dar vida a mi nuevo libro… si te atreves.

Manuel Losada

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🔥 EL LIBRO QUE QUIERE HACERTE SENTIR EL MIEDO

El terror no siempre vive en lo desconocido… A veces está más cerca de lo que imaginas.

Soy Manuel Losada, escritor de misterio y terror, conocido como “El Stephen King de Arousa”, y hoy necesito tu ayuda para hacer realidad mi nuevo libro.

Una obra donde el miedo, la tensión y lo inexplicable vuelven a surgir desde Galicia para atraparte… y no soltarte.

📚 ¿QUÉ VAS A ENCONTRAR EN ESTE LIBRO?

Este nuevo trabajo reúne historias de:

🔪 Misterios inquietantes
🌑 Oscuridad psicológica
👁️ Sucesos que desafían la lógica
🌊 Ambientes únicos inspirados en Galicia

Cada relato está diseñado para atraparte… y no soltarte.

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👤 QUIÉN SOY

Soy Manuel Losada, escritor de misterio y terror, con varias novelas publicadas y una trayectoria consolidada dentro del género.

Conocido como “El Stephen King de Arousa”, mi estilo se caracteriza por explorar el lado más oscuro de la mente humana, lo desconocido y aquello que no tiene explicación.

Escribo porque necesito contar historias… y porque sé que hay lectores que necesitan sentirlas.

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3 comentarios

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  • Marcos

    Marcos

    22 días

    Qué ganas de tenerlo en mano ya!!!! 👏🏻👏🏻👏🏻

  • Manuel Losada

    Manuel Losada
    Autor/a

    24 días

    Buenas tardes, Francisco. En actualizaciones puedes leer uno de los relatos que formarán parte de este proyecto.

  • FranSan

    FranSan

    25 días

    El enlace del adelanto exclusivo no funciona.

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#01 / No pueden verme

La llamada entró a las 2:57, cuando la conversación en antena había derivado hacia carreteras secundarias poco iluminadas. La madrugada parecía ya encaminada hacia su tramo final. En el plató de la Radio Galega, Pepe Capelán mantenía el tono templado que le había convertido en una voz reconocible para quienes trabajaban de noche o no conseguían dormir.

Aceptó la llamada sin pensarlo demasiado.

—Buenas noches, estás en directo.

Durante varios segundos no hubo respuesta verbal. Solo se escuchó una respiración baja, irregular, como si el teléfono estuviera demasiado cerca de la boca de quien llamaba.

El locutor no se apresuró.

—Te escuchamos. Tranquilo. ¿Con quién hablamos?

La respiración continuó. Un leve roce, quizá ropa, tal vez el viento.

—Hola.

La palabra fue breve, seca, sin emoción.

—Buenas noches. Gracias por llamar. ¿Desde dónde nos llamas?

El silencio volvió a instalarse, esta vez más largo. Miró de reojo el monitor de retorno. En televisión, el plano corto mostraba su expresión concentrada, profesional, paciente.

—Desde… aquí.

—Bueno, aquí es grande —respondió con una media sonrisa—. ¿En qué parte de Galicia estás?

Un suspiro más profundo.

—En la zona del Barbanza.

La palabra llegó con retraso, como si hubiera tenido que atravesar algo antes de salir.

—Preciosa comarca. Bien. ¿Estás de visita, por trabajo…?

No contestó de inmediato. En lugar de palabras, comenzó a escucharse algo más en la línea.

Al principio era difícil de distinguir. Luego se hizo claro.

Voces lejanas.

No eran conversaciones definidas, sino murmullos dispersos, como si hubiera gente hablando a cierta distancia, quizá al aire libre.

Pepe inclinó la cabeza ligeramente.

—Escucho más gente contigo. ¿Estás en algún sitio público?

—No.

—¿En qué tipo de lugar estás?

Una pausa prolongada. La respiración parecía más pesada ahora.

—No lo sé.

El presentador ajustó el tono, suavizándolo.

—¿Cómo que no lo sabes? ¿No reconoces dónde estás?

El oyente tardó en responder.

—Hay luces.

—¿Luces de qué tipo?

—Blancas… y azules.

Mantuvo la calma. En el chat interno alguien escribió: “Se oyen voces detrás.”

—¿Estás al aire libre, entonces?

—Creo que sí.

Se escuchó un sonido nuevo: un ladrido. Seco. Cercano.

Después otro, más lejano.

Observó el monitor de audio. El nivel de entrada de la llamada fluctuaba con pequeñas variaciones, como si el teléfono se moviera.

—Escucho perros. ¿Estás cerca de alguna finca, de una casa con jardín?

No hubo respuesta inmediata. El ladrido volvió, esta vez acompañado de un breve murmullo más claro.

Alguien gritó algo ininteligible a lo lejos.

El locutor cambió ligeramente de postura en la silla.

—¿Te encuentras bien?

La respiración se aceleró apenas un segundo y volvió a estabilizarse.

—No.

La palabra no sonó dramática, sino descriptiva.

—¿Qué te ocurre?

Silencio.

Dejó pasar varios segundos, consciente de que forzar la respuesta podía romper el hilo.

—¿Estás bien?

Un roce metálico atravesó la línea, como si algo hubiera golpeado contra el suelo.

—No lo sé.

—¿Estás solo?

—Sí.

Las voces lejanas aumentaron levemente de intensidad. Ahora se distinguía un tono más urgente, aunque las palabras seguían sin ser comprensibles.

Pepe decidió avanzar con preguntas más concretas.

—¿Sabes en qué zona de Boiro estás? ¿Cerca del centro? ¿De la costa?

Tardó en contestar.

—Hay… árboles.

—Eso nos ayuda poco —intentó aliviar la tensión con una sonrisa que no terminaba de cuajar—. ¿Ves alguna señal, alguna referencia de donde estás?

Los ladridos se hicieron más insistentes.

Un grito más nítido se coló en la llamada.

—¡Eh! —se oyó a lo lejos, pero no desde el estudio, sino desde la línea.

Sintió cómo la piel de los antebrazos se le tensaba.

—¿Te están llamando?

—No.

La respuesta llegó con una firmeza nueva.

—Entonces, ¿quién grita?

No contestó.

Durante casi veinte segundos solo se escucharon sonidos de fondo: pasos apresurados, un perro que ladraba sin cesar, un murmullo colectivo.

El realizador envió un mensaje: “¿Avisamos emergencias?”

Pepe asintió ligeramente sin dejar de hablar.

—Escúchame con atención. Si estás en la calle y no te encuentras bien, necesito que intentes describirme lo que ves a tu alrededor.

—No puedo moverme.

El tono no cambió. Seguía siendo plano.

—¿No puedes levantarte?

—No.

—¿Estás en el suelo?

Una pausa breve.

—Sí.

El presentador inspiró despacio.

—¿Has tenido un accidente?

Los ruidos se interrumpieron bruscamente.

Durante unos segundos, el sonido de fondo cambió.

Ahora eran voces más claras, más cercanas.

Entonces llegaron las sirenas.

Lejanas al principio, pero inconfundibles.

El locutor mantuvo el control de su voz.

—Escucho sirenas. ¿Las oyes tú también?

—Sí.

—Eso significa que alguien ha avisado. Eso es bueno. Significa que te están buscando.

La respiración se volvió ligeramente más irregular.

—No me buscan.

—¿Cómo que no?

—Buscan a otro.

El comentarista frunció el ceño.

—Explícame eso.

La sirena se aproximaba en la línea, creciendo en intensidad.

—No pueden verme.

Sintió un escalofrío que no dejó traslucir en pantalla.

—Si estás en el suelo, claro que pueden verte. ¿Estás tendido ahora mismo?

Silencio.

Los vehículos de emergencias ya sonaba muy cerca. Se escucharon puertas cerrándose con violencia. Voces firmes, órdenes.

—Están aquí —dijo el hombre.

—Perfecto. Quédate tranquilo. Permanece conmigo. ¿Qué están diciendo?

La respuesta tardó más que nunca.

—Dicen… que no hay pulso.

Pepe dejó pasar un segundo.

—¿De quién?

La respiración se volvió extrañamente suave.

—Del hombre que está en la carretera.

Sintió un vacío en el estómago.

—¿Qué hombre?

—El que conducía.

Las sirenas continuaban, ahora mezcladas con voces más cercanas.

—¿Has tenido un accidente de coche?

La respuesta llegó sin titubeo.

—Sí.

El presentador habló con rapidez controlada.

—Escúchame. Si has sufrido una salida de vía, puede que estés desorientado. Lo que oyes puede confundirte. Necesito que intentes hablar con los sanitarios. Que les digas que estás ahí.

Hubo un silencio largo.

Demasiado largo.

Luego, con la misma voz plana del inicio, el hombre dijo:

—No puedo.

—¿Por qué?

Los ruidos bajaron de intensidad, como si los vehículos hubieran detenido los motores.

Se escucharon pasos sobre grava.

Una voz firme y clara, esta vez perfectamente distinguible, atravesó la llamada:

—Hora del fallecimiento, 2:57.

Pepe dejó de parpadear.

—¿Qué acaban de decir?

El oyente respondió sin emoción alguna.

—Que ha muerto.

La frase no fue susurrada. No fue enfatizada.

Fue informativa.

—No —replicó él con una firmeza que por primera vez dejó entrever tensión—. Eso no puede ser. Es horrible eso que me estas contando.

Un leve sonido, quizá una exhalación.

—Dicen que lleva muerto desde las 2:57.

Miró el reloj del estudio.

Marcaba las 3:14.

—¿Esto es una broma?.

—No.

En la línea se escucharon pasos más cercanos. Una cremallera. El sonido de algo que se cubre.

Una voz distinta, amortiguada, dijo:

—Avisad a la familia.

Capelán sintió cómo el estudio parecía más pequeño de repente.

—Dime tu nombre —pidió.

La respiración volvió por última vez.

—Ya no importa.

—Necesito que me digas como te llamas.

Hubo un segundo de silencio absoluto.

Después, una frase final, dicha con una serenidad insoportable:

—Puedo oírlos hablar sobre mí, pero ninguno me escucha.

La línea se cortó.

No hubo tono.

Tampoco hubo interferencia.

Solo desapareció.

El piloto rojo se apagó.

En el registro técnico no apareció ninguna llamada entrante a esa hora concreta.

Sin embargo, la grabación conserva con claridad las sirenas, las voces y la declaración de hora del fallecimiento.

Al día siguiente, las noticias locales informaron de un accidente mortal ocurrido exactamente a las 2:57 de la madrugada.

El conductor había fallecido en el acto.

Nadie pudo explicar cómo, durante más de quince minutos, alguien habló en directo desde un teléfono que, según el informe policial, quedó destrozado en el impacto.

1 comentario

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  • FranSan

    FranSan

    24 días

    Muy interesante, a ver si el proyecto sale adelante!

#02 / Las campanillas de la madrugada

Aquello empezó de una manera tan sutil que durante semanas intenté convencerme de que no era nada.

Estrés. Ansiedad. Falta de sueño. Cualquier explicación parecía más racional que aceptar la realidad que se estaba desplegando dentro de mi propia casa.

Siempre había tenido pesadillas normales. Las típicas: familiares en peligro, decisiones absurdas que terminaban mal, caídas interminables… sueños desagradables, sí, pero al fin y al cabo sueños.

Pero aquello era distinto.

Porque yo estaba despierto.

O al menos eso creía.

La primera vez que apareció fue en una madrugada de invierno.

La casa estaba silenciosa, un silencio tan denso que sentías cómo cada fibra de tu cuerpo vibraba con su propio latido.

Fuera, el viento golpeaba las ventanas, haciendo que la madera crujiera como si la casa misma se quejara.

Me despertó un sonido. Muy suave.

Tint…

Como el roce de una pequeña campanilla.

Al principio pensé que venía de la calle, quizá algún vecino nocturno o un

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#01 / No pueden verme

La llamada entró a las 2:57, cuando la conversación en antena había derivado hacia carreteras secundarias poco iluminadas. La madrugada parecía ya encaminada hacia su tramo final. En el plató de la Radio Galega, Pepe Capelán mantenía el tono templado que le había convertido en una voz reconocible para quienes trabajaban de noche o no conseguían dormir.

Aceptó la llamada sin pensarlo demasiado.

—Buenas noches, estás en directo.

Durante varios segundos no hubo respuesta verbal. Solo se escuchó una respiración baja, irregular, como si el teléfono estuviera demasiado cerca de la boca de quien llamaba.

El locutor no se apresuró.

—Te escuchamos. Tranquilo. ¿Con quién hablamos?

La respiración continuó. Un leve roce, quizá ropa, tal vez el viento.

—Hola.

La palabra fue breve, seca, sin emoción.

—Buenas noches. Gracias por llamar. ¿Desde dónde nos llamas?

El silencio volvió a instalarse, esta vez más largo. Miró de reojo el monitor de retorno. En televisión, el

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