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Escena de El Pie de Nijinsky.

Personajes: Rómola de Pulszky, Sergue Diághilev, Vaslav Nijinsky

Queremos compartir con vosotros un fragmento de nuestra obra en el que dos de los personajes se enfrentan por un tercero.La escena es tensa y demanda mucha contención por parte de los actores. El lenguaje sigue la estela del teatro clásico y romántico. ¡Qué disfrutéis de su lectura!

(Entra Rómola)
Rómola. Señor Diághilev.

Serguei. ¡Ah, esa estridente voz de mosca! Señora, ya lo arrancó de mi lado para siempre. ¡Esa fue su gran obra, destruir la carrera de Nijinsky!

Rómola. Yo no lo aparté de usted. ¡Fue usted quien lo echó cuando supo que nos habíamos casado en Argentina! Vaslav nunca comprendió eso.

Nijinsky. (Dando vueltas). No entiendo por qué me ha despedido. ¡Éramos amigos, éramos amigos, éramos amigos!

Serguei. ¡Mi pobre loco traidor! Nada comprende el perrillo salvaje cuando se le apalea porque desgarró la mano que le daba de comer.

Rómola. ¡Nos amamos! ¿Qué otra cosa podíamos hacer?

Serguei. ¡Amor! ¡Pero si ni siquiera hablaban la misma lengua! ¡Pero si apenas se conocían! ¡Pero si Vaslav no la veía ni cuando usted se paraba frente a él! Rómola, se ha comportado como una niña caprichosa e irresponsable. No puedo creer que en su ignorancia pretenda cambiar la naturaleza.

Rómola. ¿De qué naturaleza me habla? ¡Usted, tan desnaturalizado! ¡Usted, que lo echó a la calle sin compasión, a él, al gran Nijinsky!

Serguei. Una pregunta: ¿Le amaba a él o a su gloria?

Rómola. Le amo más allá de las palabras, por encima del idioma y de los gestos…Por favor, vuelva a aceptarlo en la compañía. Vaslav padece mucho sin su ballet. Acéptelo, se lo suplico. (Espera la respuesta, da vueltas, estalla) ¡Insensible! ¡Le denunciaremos por impago y cancelación de contrato!

Diáguilev. Los mendigos no amenazan, suplican. No sea indigna. Ustedes dos me traicionaron e hicieron que el mundo entero se burlase de mí. ¿Le dijeron que me desmayé cuando me enteré del casamiento? Fue atroz y muy ridículo. Chillé y me desvanecí. Todos se rieron de mí. Me da igual que se haya casado; en esta época más de un hombre lo hace para preservar aquello que llaman imagen social y que nunca me ha interesado; me da igual que no esté conmigo a toda hora, recorriendo los museos del mundo sin comprender lo que veía, mezclando griegos con romanos, babilonios con bizantinos. No me hace sufrir que no me comparta sus confidencias. Le conozco demasiado para saber de él lo que ni siquiera sabe de sí mismo, pero no le perdono su actitud zafia, su golpe tan bajo. Huyó de mi lado como un ladrón. ¡Y sí! Aprovechó que no fui con la compañía a la gira de Sudamérica para intentar destrozarme. ¡No me lo niegue! En lo más oscuro de su corazón de campesino polaco siempre latió la necesidad de dañarme. ¡Ni que yo le hubiese puesto un cuchillo en el cuello para que viviese, durmiese y trabajase conmigo! ¿Qué pensaban ustedes, que les recibiría con flores y con una banda de música? ¿Qué celebraríamos el banquete de boda en París o en Venecia? ¿Qué brindaríamos por la traición? ¡Casarse! ¡Qué locura, qué disparate! ¡Y casarse con usted! Si todavía lo hubiese hecho con Karsávina, o Pavlova, o Coco Chanel… mujeres geniales, mujeres que parecían hombres… ¡Pero con usted! ¡Una húngara mimada! ¡Una aristócrata venida a menos! No, es imperdonable. Inadmisible.

Nijinsky. Diághilev es un genio y un gran organizador, ¡el mejor! Serguei Diaghilev descubre talentos como si descubriese tesoros.

Diaguilev. Comuníquele a su esposo que un nuevo bailarín llamado Leonid le sustituye. No tiene su salto, ni su expresión, ni su misterio, pero existe, baila bien, y, por el momento, me es fiel, ¡me es fiel! Dígale a Vaslav que nadie es imprescindible, ¡ni siquiera él! Dígale también que me devuelva el anillo que le regalé. Su matrimonio con el arte está roto.

Rómola. Tiene razón, nadie es imprescindible, ¡usted tampoco! No le temo a su mala inteligencia. Ese Leonid del que habla también huirá de su lado, ¡todos le utilizarán y le abandonarán!

Diáguilev. Es probable. Los que son como yo siempre acabamos solos. ¡Nada perdura! Hay que renacer una y otra vez. Reinventarse. ¡Esa es la vida! Hágale saber también a su marido que mientras yo viva haré todo lo posible para que jamás, ¡jamás!, pise un teatro bonito.

Rómola. Yo nunca lo abandonaré, ¡y menos ahora que comienza a mostrar signos de perturbación!

Diáguilev. Tarde o temprano iba a volverse loca. ¡Lo que nunca pensé que sucediese tan rápido y que yo viviese para verlo!

Rómola. En cuanto nazca nuestro hijo se lo haremos saber.

Serguei. ¡Pobre bebé! Ojalá no herede la locura de su padre ni el espíritu maligno y destructor de su madre.

(Rómola se acerca a él y, sin decir palabra, le pone un anillo en una de sus manos. Luego se retira despacio.)

Serguei. Esta charla merece una copa.

(Nijinsky camina por algún sitio con un capote y una gran cruz colgada al cuello).

Nijinsky. ¡Maldito! ¡Monstruo que destroza las almas y los culos de los muchachos, inmune a la compasión! ¡Yo te odio, Diághilev, chupador de naranjas! ¡Enemigo de Dios! ¡Ruso desalmado que no sueña con su tierra, qué ni siquiera la menciona, cuando yo sueño noche y día con ella! ¡Yo te conjuro, brujo de los bosques, diablo de la estepa! Sí, ya sé que perdí la razón. Siempre estuve un poco loco, como mi hermano Stan, como mi padre, como mi hijita Kyra, que también es loca. A la gente que ha perdido la razón se le llama de vida apagada, o se dice que fue. Miren, ahí va un fue… Me toman por un espantajo porque salgo a la calle a repartir bendiciones. ¡Yo soy! Yo soy el ahora y no lo que fue. Yo soy presente, sin pasado, sin futuro. Yo soy. ¡Mírenme todos, soy un artista de la Danza! ¡Soy también un payaso de la vida! (Hace algunas cabriolas de feria) ¡Rómola! (Silba como un pájaro) Me persiguen. ¡Quieren arrancarme la juventud, cortarme el pelo, desnudarme, azotarme, ahorcarme de un árbol enorme por ser ruso, y sentirme polaco, y ciudadano de la tierra, y hablar en muchas lenguas sin saber ninguna, y andar de aquí para allá escapando de todos, sin país, sin amigos, lleno de recuerdos, de música, de voces! ¡Huyamos, Rómola! ¡Ven conmigo! ¡Ven al laberinto! ¡Vamos, Rómola! ¡Huyamos! ¡Corre, Rómola, corre! ¡Vuela, mujer, vuela!

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